Esto no era un juicio. Era un espectáculo. Entramos al tribunal sabiendo que el mundo ya había tomado partido, y que la sala del tribunal era solo uno de muchos escenarios. Mi cliente, Alex Jones, se enfrentaba a una audiencia de daños y perjuicios, no para determinar si era responsable, sino cuánto debía pagar.
Los demandantes pedían más de 300 millones de dólares. Y lo hicieron en una sala donde los titulares importaban más que las pruebas, y donde la emoción amenazaba con abrumar el proceso legal. Los medios estaban afuera. Los manifestantes esperaban. Cada palabra, cada momento, cada fallo formaba parte de una conversación nacional sobre la libertad de expresión, el duelo y el papel de los tribunales en la gestión de ambos.
En términos legales, la batalla era reñida. En realidad, el campo de batalla era inmenso.
Nuestro trabajo era simple: hacer cumplir la ley, no la indignación.
Dejé claro desde el principio que no estábamos allí para volver a argumentar la tragedia. Estábamos allí para hacer cumplir la Constitución de Texas, defender el límite legal de daños y perjuicios y evitar que un juicio político se convirtiera en una ejecución financiera.
Abordamos el caso con sentido común:
No enfrentamos la emoción con la emoción. La contrarrestamos con la ley. Y nos mantuvimos firmes, incluso cuando toda la sala del tribunal quería el colapso.
Los demandantes presentaron la demanda solicitando más de 300 millones de dólares.
Se marcharon con 5,5 millones de dólares. Nuestro cliente pagó menos del 2 % de lo exigido.
¿Fue una victoria? Según la ley de Texas, sí.
Protegimos el límite legal. Mantuvimos el derecho a apelar. Resistimos la presión pública. Y le dimos a nuestro cliente algo que la oposición nunca esperó: una defensa disciplinada en un tribunal que creían que sería un caos.
Este caso nunca se trató de un acuerdo. Se trató de derechos. Y los defendimos.